Conoció la calle a los 5 años vendiendo lotería y aún lo sigue haciendo

25 de abril 2016

Perico, Pedrito o Varguita, responde a cualquiera de las formas que lo llamen. A los 5 años se subió a un colectivo para ir a trabajar. Vendiendo lotería llevó el pan a su mesa durante cinco décadas y hoy, con 60 años, aún anda por las calles con boletas de juegos de azar que vende a sus clientes fijos y en los cafés.

Es petiso y siempre anda de punta en blanco. Se arregla como puede para ir a trabajar, de lunes a lunes, vendiendo boletas de Quini 6, de Prode y de cualquier otra timba que le pidan. Pedro Vargas es uno de los personajes urbanos sanjuaninos que recorren las mesas de los cafés y restaurant del microcentro, después de visitar a la clientela fija que se ganó caminando las calles durante medio siglo. Dice que tiene 60 años y que, en toda su vida, solamente estuvo una década sin vender juegos de azar.

Su padre quedó sin trabajo y para ayudar en la casa, él y su hermano Armando, se subieron a un colectivo y se bajaron en el centro. Desde entonces, no dejó de trabajar. En ese momento, tenía apenas 5 años y su hermano le llevaba siete años más de edad.

“Toda la vida estuve en el centro vendiendo loterías, desde 1961. En la casa, decíamos que nos íbamos a trabajar, salíamos a las 8 de la mañana y, como a la tarde íbamos a la escuela, a las 12,30 ya estábamos de vuelta”, precisa Vargas. En ese momento, eran solamente tres hermanos y luego llegaron tres más.

“Empezamos a ganar plata y fue dulce, yo vendía en el Banco Español. Con el dinero compraba chocolates y una vez me intoxiqué de tanto comerlos, por eso perdí el primer grado. Éramos como seis los chicos que andábamos en la calle, algunos lustraban botas y otros pedían”, recuerda el “agenciero” ambulante que gana una comisión del 10% de todo lo que vende al día.

El rawsino tiene dos hijos y tres nietos, y vive con uno de ellos y su esposa; pero dice que únicamente va a dormir a la casa. En la mañana, sale lo más temprano que puede y se queda en el centro hasta pasadas las dos de la tarde. Regresa a las 17 horas y termina su día subiéndose al último colectivo de la línea 15. La educación primaria la recibió en la Escuela José Hernández, nombre del turno tarde del establecimiento educativo Gabriela Mistral.

“A la escuela siempre llevaba plata, con 13 años nos íbamos a comer pizza a la salida. Yo lo volvería a hacer, porque son momentos muy lindos los que pasé. Eran otras épocas, no como ahora. La calle era menos peligrosa y me gustaba poder ir y venir a donde quisiera”, comenta.

“A los 12 años no vendí más lotería, entré a la empresa Singer, la sucursal de máquinas de coser y tejer que estaba en el centro. Igual, los viernes salía a vender y con eso tenía para ir a bailar porque mi patrón me daba permiso para hacerlo. Recuerdo que me compré una moto Okm, una Zanella 175 que hoy la tengo desarmada. Después paré, mi mamá me compró una máquina de soldar y comencé a hacer basureros. Cuando nació mi hija, yo no tenía para la leche y mi hermano estaba trabajando en una agencia de Quiniela y para comprar leche me dio unos números y los vendí, con lo que gané me alcanzaba para comprar como 10 latas de leche. Ahí volví al rubro y en el ’95 se acabó la lotería y empecé con el Quini 6”, detalla Pedro Vargas. Entre idas y vueltas, de los 55 años que lleva trabajando, apenas una década la destinó a otros empleos que no fuera vender juegos de azar.

Dice tener muchas anécdotas, pero se le viene a la mente una. “El acordeonista Antonio Bisio estuvo viviendo un tiempo en la provincia, en el hotel que había donde está hoy la Legislatura. Y me acuerdo que siempre jugaba un número fijo: 34871”, relata este hincha de Boca mientras camina por una de las tantas veredas que transita más de una vez por día. Entre tanto, saluda a varios transeúntes que son sus clientes y continúa su jornada laboral.

 

 

 

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