El anciano que fue indigente y ahora les enseña a escribir a los abuelos

1 de marzo 2016

Carlos Barreiro (73), vive desde hace cuatro meses en la Residencia de Adultos Mayores “Eva Duarte de Perón”, en Rivadavia. Antes,vagabundeó por las calles durante largos meses. No tiene familia que pueda cuidarlo y la Residencia lo acogió. Para devolver la gratitud, está a cargo de un Programa de Alfabetización que encaró la institución.

Pasadas las 10 de la mañana de ayer, en un salón de la Residencia de Adultos Mayores “Eva Duarte de Perón”, comenzaba la segunda clase de alfabetización del año y los abuelos repasaban las vocales en una hoja repitiéndolas en hileras para no olvidarlas. Al lado, había otro mesón donde las mujeres tejían cuadritos que servirán para armar mantas que se donarán en los hospitales.

La concentración de Víctor, Carlos, José, Nora y Ángela, con los ojos fijos en el cuaderno demostraba el interés por aprender a escribir o recordar cómo hacerlo para redactar cartas a los familiares. El “profe” no estaba en la sala, pero los alumnos no se permitían ninguna distracción porque la próxima clase- que dura una hora y media-recién la tienen pasado mañana.

El maestro de los ancianos es otro residente del Hogar que llegó en octubre del 2015 en un estado de abandono. Durante cuatro meses vagó por las calles durmiendo en las plazas y en la terminal, hasta que un día un vendedor ambulante le dijo que en la Residencia podía encontrar una cama y un plato de comida. Sin embargo, Carlos Barreiro encontró más que eso.

“Estuve vagabundeando por desequilibrio afectivo y mental. No me importaba de mí. Después de que ese señor me dijo que viniera a la Residencia,  me vine, toqué el timbre pidiendo ayuda y me la dieron. Llegar a este lugar fue un quiebre entre lo bueno y lo malo, por eso con el cursillo trato de devolver lo mucho que me dio la residencia”, comenta el rosarino que vivió en Mar del Plata y en Capital Federal, y desde hace once años está en San Juan.

Sus dos hermanos mayores ya fallecieron y la única familia que tiene es su ex esposa, sus tres hijos y los seis nietos que hace más de un lustro no ve.

“Mi señora me perdió la confianza, por eso nos divorciamos. Estuvimos 35 años casados, yo me casé a los 27 años y ella a los 24 en plena euforia peronista. Por eso, siempre les he dicho a mis hijos que no destruyan la familia. Uno de ellos vive en Brasil, otro en España y mi hija en Necochea”, señala el hombre que vino a San Juan a probar suerte y, con dos amigos, creó “El Nevado”, mini emprendimiento que estaba en El Mogote y producía grasa vacuna para consumo humano, alpargatas, rollos de papel higiénico y velas.

“Me puse en empresario y nos fue mal. Quedé yo solo porque uno falleció y al otro le dio un ACV y ellos eran los fabricantes, yo me dedicaba a lo comercial. No supe continuar ni tenía la capacidad para seguir en el negocio”, relata Carlos, el anciano que fue banquero durante quince años en Buenos Aires y la misma cantidad de años fue “sabueso” de la DGI (hoy AFIP).

A los 17 años se fue de Mar del Plata a la Capital para estudiar Ciencias Económicas, pero no se esmeraba en la carrera universitaria. Ese cursado no prosperó, pero años más tarde pudo recibirse. Carlos Barreiro también fue jugador de fútbol profesional, según sus relatos.

“Jugué al fútbol en el ’66, de número cinco. Pero no lo hice demasiado tiempo porque no era lo mío y me puse a estudiar. Empecé en Mar del Plata, donde hice el secundario, y me compró Chacarita, luego Veracruz de México y Defensores de Arica en Perú. Después me dediqué a dirigir equipos porque el contacto con los chicos jóvenes me hacía revivir”, comenta este militante setentista del Partido Justicialista.

El abuelo está orgulloso de poder enseñar a leer y escribir, pero considera crecerá el orgullo cuando terminen el curso. “Las mujeres vienen a la sala porque quieren aprender a leer cuentos para sus nietos y los varones para leer el diario. En mis primeros años en San Juan, hice un curso de alfabetizador y estoy siguiendo las pautas de un plan que dicta el Ministerio de Educación”, comenta este hombre que forma parte de los 150 ancianos que pasan sus últimos días en la Residencia.

 

 

 

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