La mujer que sigue cultivando la fe por el cura sanador

16 de noviembre 2015

Se llama Virginia Ianelli, tiene 73 años y es la hermana del Padre Mariano Ianelli. Los días 13 de cada mes, asiste al mausoleo del religioso que murió hace diecinueve años y reza acompañada de personas que tienen una fe ciega por el cura al que se le atribuyen sanaciones milagrosas.

Cerca de las seis de la tarde, el mausoleo del Padre Mariano Ianelli, que está en el cementerio de la Capital, es visitado por su hermana Virginia todos los días 13 de cada mes. Ni bien llega, lo abre y saca las sillas que están adentro gracias a la donación de quienes también asisten en esa fecha y comparten el rezo del rosario con los que nunca faltan y los que van por primera vez.

La fe de Virginia por su hermano, se transmite en su mirada. El Padre Mariano Ianelli murió en 1996, a los 40 años, tras sufrir un infarto en la Parroquia de Jáchal. Al clérigo se le atribuyó la fama de cura sanador y su respuesta siempre fue que es “Dios quien cura”. Virginia ha sido testigo de las largas colas que hacían los feligreses en las puertas de las parroquias donde estuvo el Padre, para pedirle que los sane de alguna enfermedad.

El Padre Mariano ocupa ese mausoleo desde el año 1997 y fue construido con el aporte de quienes lo conocieron y se convirtieron en sus fieles creyentes. Cuando el sacerdote murió, fue enterrado en un mausoleo prestado que estaba distanciado de los nichos de sus padres. Hoy, descansan junto a él en el mismo mausoleo.

“Los días 13, Mariano hacía la consagración a la Virgen de Fátima y por eso  yo sigo con el rezo del rosario para esa fecha. Van sumándose personas y en las vacaciones suele venir más gente porque él también estuvo en Luján y en Caucete. Acá se junta el recuerdo de él con la fe. Él no hace el milagro, sino Dios. Pero como él le rezaba tanto a María…siempre tenía mucha gente donde estaba porque bendecía, daba la unción a los enfermos y los iba a ver a los hospitales”, precisó Virginia Ianelli.

Primero, el Padre Ianelli estuvo en Luján –allí no hacía la bendición los días 13-, luego en Caucete siendo también cura párroco en la Parroquia de Santa Rosa, en 25 de Mayo. Tras una década en Caucete, lo trasladaron al departamento Jáchal. Virginia y el Padre Mariano son dos de cuatro hermanos y cuentan como hermana a una prima- quince años menor que Virginia- que vivió con ellos desde los 8 meses de vida convirtiéndose en una más de la familia y, siguiendo los pasos de Mariano, se fue a Roma y está en la Congregacíón de San Camilo. Virginia no vive sola, sino con su hermana viuda que le lleva dos años.

“He vivido en todas las parroquias donde estuvo él, toda la familia lo acompañaba y, a medida que se fueron casando, se fueron. En Jáchal estuvimos los dos solos, porque mi hermana religiosa se fue de 27 años. En Luján, estábamos con mi madre y ella falleció ahí el 30 de diciembre de 1980. Nacimos en Rivadavia, pero Mariano en Capital. Mi padre era zapatero, hacía y arreglaba zapatos. A los siete años y medio, a mí me dio una enfermedad grave en los riñones y mi papá tuvo que vender las máquinas porque me traían los remedios de otro país. Por ese entonces, no se operaba y estuve 8 meses en el hospital. El primer grado lo hice a los 8 años”, recuerda Virginia.

Los recuerdos que tiene de infancia con su hermano Mariano, son muchos. “Siempre llevaba la idea de chico, jugábamos y quería bautizar a las muñecas. Con los otros hermanos jugábamos en pareja, mi hermana jugaba con mi hermano mayor que es menor que yo. Y yo jugaba con Mariano, porque era menos inquieta. Hemos sido muy unidos”, indicó Virginia.

Virginia fue la persona que encontró muerto al padre Ianelli el 4 de octubre de 1996. “Fue en la mañana y ya había gente esperándolo porque iban a cualquier hora del día con los niños enfermos. La fila daba la vuelta al patio que tenía como 30 metros. A la hora que sea, yo me despertaba y atendía la puerta mientras él se vestía y salía. Ese día, yo creía que se había ido a ver un enfermo y por eso no venía. Cuando fui a la pieza donde dormía, estaba muerto. El nunca había tenido problemas de corazón antes, pero mi padre también murió de un paro. Él siempre tuvo mucha ayuda de la gente, me acuerdo que una vez siendo capellán auxiliar de Gendarmería en Jáchal, me dijo que tenía mucho frío y le tomé la presión, se le había subido. Lo llevaron a un sanatorio y un matrimonio se quedó conmigo hasta que lo trajeron a él”, relató Virginia.

Cuando Virginia no puede ir al Cementerio algún día 13, sí lo hace el grupo de personas que la acompaña. Ella tiene la llave y asegura que el día que muera, sus sobrinos continuarán yendo para que no desaparezca el recuerdo del Padre Ianelli. Incluso, ella seguirá estando presente en los rezos del rosario porque será sepultada en el mismo mausoleo junto a su hermano.

Algunas muestras de gratitud al Padre quedaron colocadas en el mausoleo en placas y, de a poco, fueron aumentando. Virginia señaló que no siempre da el permiso para que se coloquen, pero agradece el gesto hacia su hermano. “Yo he visto como las personas que iban a verlo mejoraban, pero él no decía nada, solamente que no era sanador y que el que curaba era Dios. Al cementerio vienen personas que él casó, bautizó o que han sentido nombrarlo; hay quienes le hicieron la promesa de venir cada 13 durante trece meses seguido. Lo más sagrado para él fue su misa y atender a la gente, por eso quise venir a rezar y uso los libros con que él rezaba”, concluyó.

 

 

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